En la trama de la memoria.
El 11 de octubre, último día de libertad plena de los pueblos originarios, es una fecha que requiere una pausa para reencontrarnos en comunidad y poner en palabras la resistencia que venimos gestando desde nuestros espacios cotidianos; para reavivar la memoria del territorio y que florezca, en el arte, la fortaleza de continuar.
Así nació el encuentro en la Biblioteca Popular Tolkeyen, como un acto de afirmación y vitalidad.
Nos reunimos para volver a tejer la trama que sostiene nuestras voces: porque cada palabra es un hilo, cada voz un color, y cada encuentro, una urdimbre que fortalece nuestra existencia colectiva.
Despertando la sensibilidad, nos sumergimos en el videoarte “Taiñ Mulekan – Nuestra Presencia”, una obra que entrelaza historia, poética, danza y la vitalidad de la memoria del pueblo mapuche-tehuelche. Con voces cercanas al territorio, este trabajo —parte del proyecto “Des-cartografiando la Gesta”— se alza como un acto de justicia poética, una forma de decir “aún estamos”, de mostrar que la memoria está presente. Esta fue la antesala de un encuentro que, además de propiciar un diálogo comunitario, buscó retomar el tejido que sostiene nuestra identidad como pueblo originario.
Luego de la proyección, Norma Cañumir nos convocó a una ronda para “soltar la palabra, aflojar el cuerpo y dejar fluir el sonido”.
Guiándonos con su voz, nos invitó a cerrar los ojos y a sentirnos desde los pies como raíces, recorriendo el cuerpo como ramas que se extienden, dándole color e intención a cada parte hasta percibir el camino de la energía afirmada en la mapu. De allí surgió el sonido, un canto colectivo que unió nuestros nombres —pronunciados solo con sus vocales— y culminó en un afafán que selló la ronda con newen, la fuerza vital para continuar la jornada: el banquete literario de poesía mapuche.
La mesa, dispuesta con una cuidada selección de libros de autoría mapuche, fue un fluir de voces y matices. En sus palabras nos llevaron a diversos estados de conciencia, a sentir la fuerza, la diversidad y la proyección artística del pueblo mapuche-tehuelche.
El vaivén de la poesía fue placentero, acurrucador y abrazante, como una caricia de las y los ancestros que se hicieron presentes en ese círculo de palabra compartida.
Este espacio fue moderado por Muriel Molina, joven mujer mapuche que, con su sereno estar y su amorosa palabra, fue hilando cada voz e invitándonos a reflexionar sobre cuánto potencial habita en nuestro ser mapuche, y en el arte que nos atraviesa como pueblo.
El círculo se fue cerrando con un gesto simbólico, una semilla compartida: un mini pergamino que contenía una palabra escrita en mapuzungun, acompañado de una hoja de lawen (planta medicinal).
Esta acción, propuesta por Jessica Chandia, estudiante del primer año de Gestión Cultural, forma parte de un diagnóstico participativo sobre el “estado del mapuzungun en Esquel”.
La iniciativa invitó a sentir y escuchar el zungu —el sonido—, permitiendo que cada participante se detuviera a percibir qué le despertaba, qué emoción o recuerdo traía consigo. Fue un momento profundo de escucha, sentir y conexión, donde el zungu floreció como semilla viva en cada espíritu.
El encuentro cerró en la certeza de la palabra compartida, afirmando la urdimbre de nuestra memoria colectiva. Esta se sigue tejiendo en este tiempo, con el pulso de la tierra en el cuerpo y el horizonte abierto, para continuar creando momentos significativos que vitalizan nuestra resistencia y nos nutren como pueblo que resguarda el vivir en armonía con el territorio que habita.
Porque seguimos siendo.
Porque aún estamos.
Porque la mapu nos sostiene.
Mapuche kimün nieputukulén!!




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